LO QUE PIENSAN LOS MONSTRUOS ABORTISTAS

Es evidente que el título de este artículo es “políticamente incorrecto”, porque llamarle monstruo a Rodrigo Uprimny Yepes, por su columna Aborto, pluralismo y política criminal, no es algo que agrade a nadie. Menos a él. Pero monstruos son, aunque no se dan cuenta de ello. Y lo digo, porque los monstruos dicen monstruosidades, de lo contrario no serían monstruos. Es un hecho comprobable. Por ejemplo, este señor dijo: “Y esto me lleva a un último punto, que es ya más polémico, pero que podría dar pie al acercamiento. Podríamos estar de acuerdo en que esa vida en formación, que es el óvulo fecundado implantado en el útero y que atraviesa distintas fases de desarrollo, tiene un valor creciente, esto es, que no le otorgamos el mismo valor al óvulo recién fecundado que al feto de siete meses. Y esto tiene que ver con el hecho de que, a medida que se desarrolla, el cigoto, el embrión y luego el feto van adquiriendo los atributos propios de una persona humana, mientras que antes carecen de muchos de ellos…”

Es decir, la vida humana adquiere valor en tanto en cuanto vaya adquiriendo mayor grado de desarrollo o adelantamiento. Esto, por ejemplo, no se predica de la vida de los cerdos, o del ganado. Ningún ganadero pensaría de esa manera, pues bien sabemos que aunque el feto de vacuno no se pueda vender en el mercado, el ganadero no hace sino esperar a que madure y se convierta en un ejemplar vendible. Supone tal actitud que el ganadero valora el feto tanto como valora el producto final de la preñez. La única diferencia entre la realización del beneficio es el tiempo que media, no la valoración que hace de la evolución del feto. Da por descontado, pues, que aunque tal embrión no tenga todos y cada uno de los atributos de un ejemplar maduro, no por ello es menos vacuno, ni por ello menos sujeto de protección y cuidado. El ganadero no es un monstruo. Actúa así, claro está, por el cuidado que demandan sus intereses pecuniarios, que nada tienen que ver con lo que debe motivar a un ser humano, a una madre, quién, estando ya en la etapa de madurez de la que habla Uprimny, tiene plena capacidad de discernimiento si no quiere parecerse a los monstruos. Su actitud no puede ni debe ser pecuniaria; su motivación proviene de los mismos atributos que le ha proporcionado su propia naturaleza humana, superiores todos a la pecuniaria. Es evidente que Rodrigo Uprimny valora la vida como el financista valora el dinero, que para él tiene un valor creciente.

Pero es también evidente que Uprimny se salta otra consideración que tiene un valor supremo, absoluto e instantáneo para los cristianos: el alma, de la cual está dotado el feto en formación. Claro, si uno no cree en el alma, pues el feto es como otro cerdito o vacuno que está por nacer y, en ese sentido, puede disponerse de él a placer, o como dice Rodrigo, siempre y cuando no tenga los atributos humanos completos, o que carezca de algunos. ¿El lenguaje, por ejemplo? ¿El pensamiento lógico? ¿La espina dorsal? Ah, esta parece ser la clave, porque si todo su sistema no está completamente interconectado, el feto carece de sensibilidad. Entonces es la sensibilidad lo que a Uprimny lo hace disponer del feto, no como si fuera un vacuno, sino como si fuera una cucaracha, que no tiene valor económico. Por eso dice: “…Por ejemplo, la capacidad de sentir es razonablemente un atributo esencial de la persona. Ahora bien, la ciencia tiene claro que un feto de menos de 24 semanas no experimenta ningún dolor pues carece de las conexiones suficientes entre el córtex cerebral y los nervios periféricos, como lo reiteró el año pasado, el “Colegio Real de Obstetras y Ginecólogos” del Reino Unido en su informe sobre “conciencia fetal” (fetal awareness).” Yo le ahorro tanta disquisición científica: Uprimny debería proponer que el aborto se pueda extender hasta los nueve meses siempre y cuando anestesien al feto antes de asesinarlo.
Pero lo más sorprendente de este monstruo es que añada lo siguiente: “Que a pesar de las visiones religiosas, ese último punto puede llegar a ser un elemento de acercamiento, parece comprobarlo el hecho de que ningún ordenamiento, incluso los más severos frente al aborto, castiga con la misma dureza la interrupción del embarazo que el infanticidio.” Hombre, por Dios, este acercamiento se podría intentar si propone, sin ambages, ni subterfugios, la anestesia general, aun para el infanticidio.

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