LA PANDILLA MEDIÁTICA

Parece que ya nadie esté seguro en este país al ponerse una camiseta; inmediatamente es brutalmente asaltado por las pandillas del otro equipo. Así me sucedió el domingo 6 de octubre cuando, súbitamente, los pandilleros del equipo contrario se dieron cuenta de que llevaba puesta la azul conservadora y vinieron a acuchillarme por la espalda. Se habrían salido con la suya si no me hubiese, simultáneamente, puesto a gritar en plena calle improperios contra los asaltantes.

La táctica dio resultado, pues algunos vecinos abrieron las ventanas y permitieron que mis gritos resonaran por todo el vecindario. Así se fueron agolpando multitud de gentes que, unos confundidos, creyendo que era yo quien asaltaba, gritaron con igual intensidad “suéltenlos, suéltenlos”, en tanto otros, comprendiendo la peligrosa situación, intervinieron con singular decisión. El hecho es que los asaltantes, al verse sorprendidos, atrás dejaron los puñales y las manillas con las que pretendían atarme, y emprendieron rápida fuga.

El episodio, querido lector, no es muy distinto al que ocurre a la salida de los estadios, o al que sucede cuando el distraído transeúnte quiere abordar un autobús de transmilenio o transita por una callejuela de la ciudad. Pero esta vez no era cualquier pandilla la que andaba tras mi camiseta para despedazarla y arrojarla al fango de su fanatismo: se trataba de Noticias Uno, dirigida por una mujer de odios inverecundos y primitivos instintos: Cecilia Orozco Tascón.

En efecto, estaba yo muy tranquilo en mi casa cuando allí aparecieron dos empleados del noticiero que, pretendiendo ser periodistas, saludaron con amabilidad y fueron correspondidos con hospitalidad, como no podía ser de otra manera. La entrevista fue larga y sincera; espontánea y sin adornos. La hizo Diana Salinas. Eso fue el sábado 5 de octubre. El 6, domingo, aparece la entrevista, que no por entrevista, la convirtieron en noticia y qué noticionón: Pablo Victoria se había «autoproclamado candidato del Partido Conservador», e inmediatamente sacaron a relucir un supuesto documento donde aparecía nombrado en tres hipótesis de la Fiscalía por el asesinato de Álvaro Gómez Hurtado. Claro, se cuidaron de decir de qué documento se trataba, y cómo había llegado a sus manos; si el documento lo habían contrastado, analizado o puesto dentro de un contexto más amplio y equilibrado. Acto seguido muestran imágenes de personas anónimas con botas y el edificio del Hotel Tequendama donde, supuestamente, el sindicado Victoria se había reunido con el general Camilo Zúñiga, entre otros, para dar un Golpe de Estado. Habían revivido la vieja tesis samperista de que los conjurados habían asesinado a Gómez al éste rehusar sumarse al Golpe de Estado para tumbar a Samper; tesis pueril y simplona que nadie en este país, a menos que sea un demente, puede creer. Como si fuera poco, y para dar más credibilidad a la «noticia», que no a la entrevista, muestran la imagen de un aula donde, supuestamente, el sindicado y presunto asesino de Gómez se reúne para inaugurar un partido Nazi. El montaje había quedado perfectamente dispuesto.

No escapa al apreciado lector, y tampoco escapará al juez de la causa de injuria agravada, que existen muchas y muy sutiles maneras de calumniar, así sea amparándose en un documento y entidad oficial. Sólo se necesita un poco de imaginación, mucha dosis de mala leche y una tremenda cantidad de odio contra lo que la víctima representa. Y entonces comencé a gritar en legítima defensa. Grité improperios para que se me abrieran los micrófonos, a sabiendas de que si escribía una nota cortés al escandaloso y primitivo noticiero, jamás habrían rectificado, sacado la nota o prestado oídos a mis reclamos.

Entonces fue Troya. Si la maldad en un hombre es cosa repudiable, la maldad en una mujer estremece hasta los tuétanos. La más infame y sicótica de las mujeres, salvo algunas otras que por allí también andan sueltas, al oír los gritos de ira y de impotencia, amén de sumarlos a la denuncia penal por injuria agravada, ordenó la publicación de la entrevista de marras por twitter. Creyó haber cumplido con la misión periodística. Pero el daño ya estaba hecho, no obstante haber sido atendido por Julio Sánchez Cristo que, como médico de urgencias, abrió los micrófonos para que todo el país supiera que no sólo habían querido rasgarme la camiseta, sino sodomizarme mediáticamente, una vez asesinado moralmente. Gracias Julio. La ambulancia llegó a tiempo.

No así, ninguna ambulancia llegó a tiempo para salvar la vida de Álvaro Gómez: había que «tumbar al régimen», y el régimen lo derribó primero. Desarmado y sin ofrecer resistencia –como decía Stephan Zweig de Cicerón frente a sus asesinos– podemos parodiar las últimas palabras del célebre orador romano: non ignoravi nos mortalem genuisse: sabíamos que no había nacido inmortal. Y como inmortal no era, Antonio, Octavio y Lépido se ocuparon de avisar a los asesinos de que era tiempo de contratar sicarios para consumar el magnicidio, no fuera que se cobrara cara la usurpación del poder por mediación de los sestercios tan mal habidos como mal concedidos. Y, súbitamente, la cabeza del defensor de la civilidad, de la libertad y de la legalidad, cobra un inusitado valor, una extraordinaria importancia para quienes han perpetrado el sanguinario acto, el horrendo crimen de Estado, según creemos. Y Gómez, entonces, sucumbió a las ignominiosas balas del asesino, aunque, como el mismo Cicerón decía, para las almas fuertes no hay muerte ignominiosa: Neque turpis mors forti viro potest accedere.

Pero Gómez también había pagado caro las catorce Filípicas dichas contra el oprobioso régimen de entonces, demostración palpable de que ya no se batía poniendo en juego sus palabras, sino poniendo en juego su vida contra un adelantado de las mafias enquistado en un poder que, en otras circunstancias, no le correspondía ejercer. Sin embargo, para distraernos a todos de lo que puede convertirse en la investigación y conclusiones más apasionantes del siglo, la Pandilla Mediática vuelve a sorprender con montajes y palabras ociosas como hace dieciocho años se hiciera buscando al muerto en la cabecera de los ríos. Nunca han entretenido la perspicaz y elemental pregunta de a quién convenía el asesinato. Y como Ulises ante el canto de las sirenas, cierra la Fiscalía su oído interno frente a las seductoras llamadas de la insensatez, y busca a Paulus, en vez de encontrar a Antonio, a Octavio y a Lépido.

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